El calor es común, cierta humedad en el ambiente y olor a un seco hedor. Vibraciones constantes en ese ruido monstruoso de varios motores que se conjugan con algunos gritos ofreciendo la cachada del día. Entre tal panorama sensorial se debe explicar el rose constante e intentos fallidos de esquivos por la calle, el calor humano que maneja cierta esencia se va entremezclando. A lo mejor de ello hablaba el que inventó el “olor a pueblo”.

Uno se para con cuidado, se intenta guardar todo lo que tiene algún valor para la persona. Paso a paso se va llegando al destino planeado. En el camino, el común se santigua o pide a cualquiera de los dioses del mercado para que llegue con bien. Lo que sí es real es el temor y la desconfianza en una sociedad a la que siempre le han impedido establecer lazos. En el camino la más particular de las narices podrá afirmar la diversidad de olores; de repente a mierda, de repente a comida y de repente a perfume. La calle es variada en toda zona.

¡Cuidado! Donde se pasaba bien, ayer, hoy ya no. El territorio ha cambiado, es así lo de aprender cada día dónde pisa uno. Lo dice el lazo amarillo con personajes uniformados de azul que se entre-miran, también con algo de desconfianza. Hay otros de blanco, recogen una figura que pasaba y que a lo mejor se confió del ayer. Cruel final para un transeúnte más.  Es prohibido hablar y no necesariamente por leyendas escritas; sino por burócratas y por la gente misma. Cualquier acto que involucre mediar palabras es vista como traición a la patria. Aun así los viejos se jactan del “hablando se arregla la gente”; lástima que su ejemplo no dio los frutos, lástima que levantaban el cincho o el puño a la hora de decirlo. Siguiendo, el temor está, se llevan a un joven que no podrá más formar parte del empleo –de salario miserable, por cierto- del que era. Unos abrirán plaza, otros velarán su cama. Entre tanto de algunas llamadas y el estacionar de una ambulancia, el impacto se va desvaneciendo y todos se agarran bien las cosas y siguen en su marcha; eso sí, con los ojos más pendientes de los indicadores como el temor y las ventas ambulantes.

Los pies se siguen moviendo, las personas laboran, comen, ríen un poco y otro poco más. En las guaridas eso queda, sonrisas que les sobran anhelos. Así camina el pueblo y no es del todo su culpa, la hegemonía de pasividad ante la realidad y la desconfianza eterna se entreteje hasta la tragedia. El poder ideológico –tan olvidado y tan ejercido- ha dominado; ha logrado que unos se favorezcan y otros se sometan. Cómo cargar con la realidad si cualquier intento de indignación termina con cruzar la calle y ensimismarse más. La preocupación grave no está en cambiar la estructura, sino en conseguir un paraguas porque luego de labores ya se avecina la tormenta.  Se sigue caminando, se llega a casa, se enciende la tele y se indigna unos segundos al ver el personaje recogido por las personas de blanco. Luego viene el siguiente programa, ya hay sonrisas. El arreglo es fácil.

El sueño alcanza, pero los anhelos siguen. El anhelo es válido, sobre todo cuando está compuesto desde esta cultura burguesa que imagina vivir la clase trabajadora.  Los sucesos que pasan, no todos son tan monótonos y de miedo. Hay gente luchando. Hay que pasar por un proceso difícil tal cual se encuentra uno cuando se da cuenta que en su egolatría el ser humano crea a los dioses a su imagen y semejanza.  El proceso es la disonancia, una disonancia que corre por las venas; se siente en lo más profundo y obliga a un choque cognitivo. Es la belleza de deconstruir y construir, como una capacidad humana. Hay una experiencia subjetiva que se entrelaza y genera un cambio.

Una experiencia material con impacto subjetivo ¡Belleza! Cruzar por la calle y encontrar una reunión de personas con una necesidad: “salir adelante”, como dicen. Escuchar, como buen metido que luego del trabajo un comité de vecinos pintará la casa comunal. Pequeño gesto. Al llegar al trabajo, se está formando una cooperativa entre los y las trabajadoras en el departamento de al lado, para poder financiar las casas de estas personas. ¡Belleza! Es eso, encontrar la belleza de los gestos de la clase trabajadora. Hay esperanza, mientras haya movilidad en la emoción; hay esperanza si la emoción se encarna, se sufre y se entrelaza con la razón. Hay esperanza cuando en realidad la contradicción cuestionando el poder ideológico hegemónico y se moviliza la conciencia.

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Elaborado por: Editorial Conciencia de Clase.

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