En las décadas de 1970 a 1990 los jóvenes eran la vanguardia de la política salvadoreña.  Rostros jóvenes que se involucraban para cambiar una historia cruenta, sumergida  en un tiempo cruento donde se creía que no había futuro y la guerra lo devoraba todo. Individuos dispuestos a sacrificar sus vidas por un ideal, por el cambio, por el cese de la represión. Y como bandera su juventud y su fe.

Centenas de jóvenes se sumaron a grupos sociales, a sindicatos, a movimientos y a la guerrilla. Todos creían ciegamente que la posibilidad del cambio dependía de sacrificio. Y así era, por eso no les importo que fueron perseguidos, en esos años ser joven era un delito. Los jóvenes eran propensos a convertirse en revolucionarios, a tomar las armas, a reclamar por los derechos en un país que pocas oportunidades les daban. Miles se rebelaron contra lo establecido y agitaron sus voces, procuraron dejar el silencio y trabajaron con tesón para aportar gradualmente a los cambios. Cambios que hoy podemos percibir, porque hay cambios a pesar de que falta mucho para promulgar ese futuro esperado por los jóvenes que luchaban en esos años.

No era fundamental que estuvieran preparados intelectualmente, pero sí que tuvieran la sensibilidad al ver la realidad. Los jóvenes no se quedaron con los brazos cruzados y se involucraron porque podían observar y escuchar lo que pasaba. La experiencia llega a ser indispensable para el aprendizaje y la identidad, todas esas experiencias vividas en un mundo de represión e injusticia, donde la censura y la reprimenda eran alimento diario. Estas juventudes que cambiaron un país, lo hicieron porque estaban convencidos. Tomaron protagonismo, no fueron personajes de ocasión, el compromiso era serio.  Y así fueron testigos y objeto de asesinatos, desapariciones, torturas, muerte, persecución y olvido.

Al finalizar la guerra ya no eran tan jóvenes, la mayoría murieron antes de que se firmaran los Acuerdos de paz en 1992. No vieron la paz, ni la victoria que soñaron, tampoco los cambios que esperaban. Los que quedaron tuvieron que cambiar prioridades y visualizar las luchas de una forma distinta. Las armas quedaban relegadas a las crónicas del pasado y ahora sólo había un futuro incierto, otra dimensión: el juego de la política.

La juventud ahora no cree en las luchas políticas, porque está desencantada de los políticos. La gran mayoría de las juventudes no quiere tener fe en los diferentes partidos políticos, ya no creen que llegarán a solucionarles sus problemas, muchos ya se dieron cuenta que estos no son organizaciones de beneficencia. Se sienten traicionados y miran distantes a los partidos que consideraban cercanos a ellos. Miran que los políticos prosperan y su comunidad sigue igual o decrece. Una realidad que no acompaña a la esperanza.

Se preguntan:  ¿Porqué luchar por  hacer cambios estructurales en la sociedad si volverá a la decadencia? Toda guerra empobrece, es la verdad. Ahora las cosas son distintas que en los años de la guerra civil, sin embargo el fenómeno de las pandillas-maras está presente, la pobreza continua, la explotación, la pernada. Y la gente cree menos porque su realidad sigue siendo igual de absurda que al principio, sobre todo cuando los partidos políticos llegan en tiempos electorales para abandonarlos tras el triunfo o derrota de estos. Y es acá donde la juventud sigue siendo ese “divino tesoro” fundamental para pendonear, para mover las banderas, para repartir folletos y hasta allí. No se percatan que el futuro sigue siendo esta juventud del presente, la que se convertirá en vanguardia de nuevo y no sólo en un peón político. Y eso de ser utilizados, ya no le interesa a los jóvenes. Vivimos en un sistema global egoísta en que el individuo piensa en el individuo mismo, no en el colectivo. Quiere mejorar él o ella, antes que mejorar cualquier cosa. Y eso no lo ven los otros.  A esto se suma la falta de confianza para individuos que ingresan a la política buscando sus intereses personales, por estos muchos juzgan a los políticos como seres despreciables en general, cuando hay diferencias. Toda norma tiene su excepción, pero la estigmatización es tan grande que no existe forma de cambiarla.

Sin embargo, la juventud sigue siendo el faro de nuestra sociedad, y aunque algunos ingresen a la vorágine de la delincuencia, otros no tengan fe en nada, existen muchos que creen que las cosas deben cambiar. Y esos luchan, se agrupan para combatir por ideales, se organizan y colaboran. Procuran alimentarse del conocimiento y continuar avanzando, sin pensar en ellos mismo, sino en todos. Esa juventud que hace a la gente continuar teniendo fe, que sugiere seguir  luchando e imponen la voz de sus acciones en el silencio.

La juventud sigue teniendo el futuro en sus manos, sólo dependen de tener la voluntad para hacerlo.

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Elaborado por: Mauricio Vallejo Márquez. Escritor e Intelectual Salvadoreño, Licenciado en Ciencias Jurídicas y Director del Suplemento 3,000 del Diario Co-Latino.

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