Esta semana se ha vivido una serie de turbulencias entre amenazas, falta de transporte, ataques mediáticos y respuestas poco eficaces. Lo que le ha tocado a la clase trabajadora es seguir rebuscándose entre las calles, desbordar pick-ups, abarrotar microbuses y algunos sacar las bicicletas.  Las exigencias no paran, el hambre no para, la desesperación no para. Conclusión: hay que seguir dando los pasos entre los diversos problemas. Estas acciones han propagado el miedo y con ello intentado frenar a la población; de diversas formas.

Es necesario que se haga el mayor de los rechazos a los intentos de amedrentar a la población. En El Salvador, es casi un elemento permanente las campañas de miedos en diferentes momentos. Podremos recordar varias de maderas periodísticas que manipulaban la información. Por citar un ejemplo, luego de la matanza del 30 de julio a estudiantes, se afirmaba que la policía habría disuelto una manifestación. Hoy, esta difusión de miedo,  resulta una sumamente grave, pues promueve la desconfianza, el quiebre en las relaciones humanas en la comunidad y en la sociedad en general. Rompiendo las relaciones sociales y las redes de apoyo es más sencillo que los intereses de pequeños grupos hegemónicos se establezcan con muy poca oposición. La clase trabajadora termina viendo como un regalo la propia explotación; al ver y percibir el miedo que transmiten las dominantes.

El miedo infundido hacia la delincuencia, desde los ochenta era advertido por Skogan y Maxfield, promueve la desintegración comunitaria. A través de la desintegración y el miedo, se va evitando el uso a espacios públicos donde se puede promover la convivencia. Es importante aclarar que hay una realidad violenta en todas las esferas sociales y que la delincuencia es también un fenómeno grave a raíz de una cultura del “sálvese quien pueda” o “quién es más buzo”. La desintegración y el menor uso de los espacios públicos, permite que diferentes estructuras nacidas de la desigualdad y la exclusión, puedan ir ganando territorio. Cumberland y Zamble (1992) explican cómo este percepción del miedo inhibe la comunicación, promueve la desvinculación con el entorno y los procesos organizativos en la comunidad, la desconfianza se generaliza. Es triste ver cómo esto parece un diagnóstico de lo que vive el país. Muchas personas intercambian palabras con sus vecinos en casos de temblores graves que obliguen a salir de casa en la noche.

Volviendo al fenómeno delincuencial, éste se va haciendo un problema visible en la medida que va incomodando a la clase dominante. Si toca sólo a las capas sociales más excluidas y fuera del mapa burgués, esto es sólo una excusa del pobre para no salir adelante. Ahora este problema es bien aprovechado para difundir más miedo  y para enfrentar a un grupo emergente que le es contrario. Sería ingenuo mencionar que no existen intentos precisos de afectar al poder formal. Sería ingenuo pensar que no hay una coordinación entre diversas fuerzas políticas y económicas en aprovechar un problema para imponer sus intereses de clase o al menos desvirtuar las acciones de los grupos de poder emergentes situados como poder formal.

El ataque más vulgar ha venido desde el instrumento político electoral (ARENA) que ha salido con ataques frontales pero poco precisos que hablan de poca apertura a que ellos solucionen los problemas. El gesto es risible pues con mayor maquinaria y apoyo de los sectores de poder, pudieron palear este fenómeno. El otro ataque ha sido más coordinado, sutil y poderoso; la difusión  mediática de la ineficiencia de políticas públicas que no son afines al poder hegemónico; de la incapacidad de los actores sociales que representan al poder formal y su maldad de intenciones porque esto se perpetúe. Martín-Baró llamaría a esto una especie de guerra psicológica proveniente del poder real que absolutiza el bien y el mal donde no hay más opción que la opción del poder real que es la “buena” absolutamente. Esta ha sido una herramienta  histórica para este grupo de poder, herramientas idealizadas por sujetos como Gene Sharp quien explica maneras efectivas de desestabilización.

Al observar esta reacción combinada de diferentes instrumentos políticos, se puede dilucidar la poca confianza para dejar -en el terreno político- solo a ARENA para fijar la postura de la derecha hegemónica. Los golpes más reacios al poder formal siguen viniendo de los medios o de gremiales empresariales. Estos actores se han posicionado en la palestra pública defendiendo sus intereses, aunque con menor intensidad luego de las elecciones legislativas donde más o menos el vehículo partidario recupera intensidad. Es por ello que pueden ver importante aprovechar cualquier coyuntura, sin importar lo ético, para coordinar una serie de movimientos. Aprovechamiento que permite que los grupos delincuenciales también se posicionen.

Por el otro lado, del poder emergente, hubo una tardanza en la respuesta a la sociedad que devela el poco conocimiento y difusa postura ante la realidad. Se permitió que se difundiera un temor que se mediatizó como “paro” y se rectificó como “sabotaje” hasta un día después. La ineficiencia en la respuesta mediática permite que el miedo crezca y con ello la desconfianza. Un error e incapacidad que parecería conspirar con los ánimos de ruptura de las relaciones sociales y comunales.

Se nota cómo cambia la actividad, también, cuando han sido grupos de poder los afectados. Es decir, cada día muchas personas sufren el miedo, amenazas, varias pierden la vida, varias son explotadas y minimizadas y la acción es lenta y débil. Ahora, se toca primeramente a un grupo de poder y se obliga a una respuesta fuerte. Claro, las personas afectas son las mismas: la clase trabajadora. La respuesta beligerante sólo perpetúa el mismo clima de miedo y desconfianza; sin mencionar las afectaciones directas en las comunidades (aunque ese sería tema a tratar por aparte). ¿Cómo se promueve una sociedad segura y en convivencia si está llena de armas? Sacaron tanques y se propuso sacar a las fuerzas armadas ¿acaso no termina de aceptar el descontrol que “solo se puede controlar con balas”? Sacar las armas en una sociedad que necesita armonizar y poder tejer relaciones organizadas y de participación; es un error y un desastre. Parece no haber un interés real de motivar una percepción de seguridad y de intentar una cohesión social, de parte de los grupos políticos emergentes.

Es ridículo que una fuerza emergente se constituya en el poder formal de una manera tan poco estratégica. Es importante realizar apoyos a una forma de gobernar, sin embargo, es ridículo realizar una marcha con tan poca gracia y sin temas insignia; por el contrario es una medición de fuerza del grupo de poder emergente contra el grupo de poder tradicional. Es en medio de estas vicisitudes y minas, por las que el pueblo camina.

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Elaborado por: Editorial Conciencia de Clase.

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