Introducción

Violeta Parra no se equivocaba cuando decía: Lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber, ni el más claro proceder, ni el más ancho pensamiento. Algunos destacados protagonistas de la historia han sido capaces de comprender el asunto. Por ejemplo, cuando Ernesto Guevara escribió a sus padres su carta de despedida, no citó a Marx ni a Lenin, que claro está, habían sido precursores e inspiradores de su lucha revolucionaria. El Che, en cambio, citó algunas palabras del libro más reproducido en la historia de la humanidad después de La Biblia. El comandante optó por citar las palabras de despedida de Don Quijote de la Mancha: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante. Vuelvo al camino con mi adarga al brazo. De la misma manera, los hombres que han aportado a la ciencia tampoco han estado exentos del fenómeno, así, Albert Einstein, declaró: Dostoievski me da más que cualquier científico.

Ha habido escritores que se han encontrado en la frontera que los divide entre lo que él o ella necesitan escribir, y lo que la sociedad necesita que escriban. Ese fue el caso de Fiódor Dostoievski, que se debatió entre obras con análisis exhaustivos de la condición humana, como por ejemplo: Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, Memorias del subsuelo, entre otras; pero que además, sin dejar de lado el cuestionamiento existencialista, fue capaz de escribir sobre los problemas sociales de Rusia a mediados del siglo XIX. Una de sus célebres obras fue: Los demonios, y sobre ella, el autor explicó:

«Un hombre que se aleja de su gente y sus raíces nacionales también pierde la fe en sus ancestros y su Dios, bien, si quieres saberlo, este es en esencia el tema de mi novela. Se llama Los demonios y describe cómo estos demonios entraron en la piara de cerdos.»

Sobre las críticas a la novela, Albert Camus opinó:

«Los endemoniados es una de las cuatro o cinco obras que yo pongo por encima de todas las demás. En más de un aspecto, puedo decir que me alimenté de ella y que con ella me he formado… Las criaturas de Dostoievski, lo sabemos bien ahora, no son ni extrañas ni absurdas. Se parecen a nosotros, tenemos el mismo corazón.»

Resulta que la obra surgió como crítica a los movimientos revolucionarios y nihilistas de aquel entonces, donde las contradicciones ideológicas tenían su manifiesto en el siguiente hecho: la gente no hacía lo que su discurso político decía. Y en ese punto de partida, estudiantes y activistas de movimientos estudiantiles-sociales, encontraba en sí, que el gran problema eran ellos mismos, es decir, que sus demonios tenían sus mismos nombres y apellidos.

El Salvador, sin saberlo, después de ciento cuarenta y tres años de la publicación de Los demonios, pareciera empecinado en recrear una y otra vez el argumento esencial de la obra, donde activistas sociales, miembros de sindicatos y estudiantes, hacen del país, la República de las Contradicciones. En ese sentido, Alberto Masferrer, uno de los más respetables ensayistas salvadoreños, de manera muy brillante, reflexionó:

«…por primera vez en la historia, un ideal común, generoso, fuerte y duradero, que vendría a unirnos, a vincularnos, a borrar tantos motivos de odio y separación que nos han dejado las luchas políticas y las rencillas religiosas. Porque, nótese bien, nosotros no somos, no constituimos todavía una patria. Error lamentable el de creer que la temperatura, el paisaje, la raza, el gobierno, ni aun el idioma, bastan para constituirla. De todos esos lazos, el de mayor potencia, que es el idioma, no basta, sin embargo, para que un grupo tan grande como se quiera de hombres, pueda formar una patria. Esta es sobre todo una creación moral, y su núcleo se encuentra en la comunidad de aspiraciones, sostenidas y perseguidas por el común esfuerzo. Ahí donde los hombres, sea cual fuere su color, su origen, sus costumbres, persiguen un mismo fin, de lo cual han hecho el más alto objeto de su vida, y para alcanzarlo se avienen a trabajar, a sufrir, a ayudarse, a sostenerse, a tolerarse, a confraternizar, ahí hay una patria o se halla en la capacidad de nacer. Mientras que la simple aglomeración de gentes sin ideales comunes, sin aspiraciones profundas que les vinculen y sostengan, así sea de hombres que parezcan todos gemelos por la estructura física, y coman, beban, se muevan, duerman y en todo vivan como si fueran infinitos ejemplares de un mismo tipo, esos, digo, no tienen cohesión, no son patria; son cosa deleznable, que puede trozarse, como un árbol, como una piedra, como un montón de arena. Esos son los pueblos de fácil conquista, a quienes un vecino poderoso despedaza, o absorbe sin trabajo, cuando bien se le antoja…»

Pero los demonios siempre han sido tan fuertes… tanto, que a pesar de que Masferrer fue el ideólogo de la campaña electoral que llevó a la presidencia de la República a Arturo Araujo en 1931, terminó siendo traicionado. El célebre escritor murió al siguiente año, solo y derrotado.

Casi un siglo después, la República de las Contradicciones tiene como protagonistas de su comedia eterna a dos partidos políticos, quienes aseguran ser de izquierda y de derecha, respectivamente. Cuando la derecha se reúne, sus simpatizantes cantan llenos de fervor: El Salvador, será la tumba donde los rojos terminarán. Finalmente añaden: Patria sí, comunismo no. Y las personas con el puño derecho alzado, repiten y repiten sin darse cuenta de la gravedad del asunto. Los rojos, en cambio, siguen en el afán de criticar uno que otro modelo económico y a quienes los ejecutan; la ironía yace en el hecho de que a sus máximos dirigentes les gusta darse sus lujitos, que evidentemente los campesinos más despojados materialmente ni siquiera imaginan; pero eso sí, en la campaña electoral llegan donde ellos y les dicen que es culpa del otro, que todo cambiará, que para eso están ellos.

« ¡Ay!, ¡Qué vivos son los ejecutivos! Qué vivos que son, del sillón al avión, del avión al salón, del harén al Edén. Siempre tienen razón y además tienen la sartén, la sartén por el mango, y el mango también.» María Elena Walsh

Y esa polarización putrefacta y mal oliente alimenta el auto-exterminio del país, como si el ángel Abadón ya se hubiese encargado de liberar las criaturas del abismo prometidas en el libro del Apocalipsis según San Juan. La inmundicia es tal, que el país prefiere la seguridad a la justicia. En ese escenario, los «correctos» condenan a los criminales y no a la máquina que lo fabrica, como se condena al drogadicto, y no al modo de vida que crea la necesidad del consuelo químico y su ilusión de fuga. Así se exonera la responsabilidad a un orden social que arroja cada vez más gente a las calles y a las cárceles. Cada vez que un delincuente cae acribillado, la sociedad siente alivio ante la enfermedad que la acosa.

La universidad como cimiento para la transformación social

Dicen que la universalidad del pensamiento tiene su sede en las universidades, recintos en donde la reflexión y la crítica son el común denominador en la creación y/o modificación del conocimiento humano. Por esa razón la Universidad de El Salvador fue, quizás, la principal protagonista de las transformaciones sociales en El Salvador durante la mayor parte del siglo XX. Su activismo inconmensurable, compromiso humanístico y de cierto modo, su aporte al desarrollo científico, contribuyeron a la sensibilización social, que dicho sea de paso, le urgía tanto al país. La grandeza del asunto comenzó en 1927: Farabundo Martí era en ese entonces egresado de la Facultad de Derecho. Alfonso Luna y Mario Zapata eran líderes juveniles que no sobrepasaban los veintitrés años. Los tres y otros más articularon el movimiento estudiantil, logrando así la fundación de la Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños (AGEUS). Tan genuino era el compromiso de Luna, Zapata y Martí por modificar el orden social, que en 1932, apenas iniciada la insurrección campesina, fueron fusilados bajo órdenes militares del gobierno de turno encabezado por el General Maximiliano Hernández Martínez. Desde entonces la Universidad estuvo en el ojo del huracán, y la represión se hizo cada vez más fuerte.

Resulta que en 1972, un hombre de esos que vestía bien, y a veces de verde, había asumido la presidencia de El Salvador. Aquel «gran hombre» había ganado los comicios con mucha «incertidumbre». El pueblo catalogaba el hecho como fraude electoral, y de esa manera decidió alzarse a las calles: pidiendo justicia y exigiendo que se respetase la voluntad popular. Pasaron dos años, y el país más benevolente del mundo, Estados Unidos, comenzó a emitir instrucciones a América Latina sobre las «insurgencias comunistas». Richard Nixon, hombre implacable, dirigía a todas las dictaduras militares de aquel entonces, como los niños a sus soldaditos de juguete.

Fue así que el presidente Arturo Armando Molina decidió realizar continuos allanamientos a la única universidad de su propio país. Sí, aunque sea difícil de entender, el presidente de un país, tomaba posesión violenta del campus universitario por considerar que ahí dentro, ocurrían verdaderas conspiraciones comunistas, lo cual representaba una verdadera amenaza para su gobierno, que muy, pero muy inteligentemente, había echado a andar un modelo agroexportador que consistía en venderle al mundo el alimento que podría comerse su propia gente. Y esa decisión debió ser muy inteligente, pues según algunos estudios, los niveles de desnutrición y pobreza en el área rural estaban por las nubes; tan alto como las piscuchas con las que jugaban los niños de aquella época. Pero bien, el presidente Molina negaba toda proposición o cambio al modelo económico y social que se venía ejecutando.

Hay que imaginarse tal escena de barbarie: en un día de estudio cualquiera, tratando asuntos de ciencia o debatiendo sobre los fenómenos que aquejaban al país, un puñado de esbirros con traje de camuflaje, y con orden de sus superiores, irrumpen la tranquilidad, y sin escuchar qué ni por qué, lanzan al piso a cualquiera, golpean y envían a prisión a quien se les antoje. ¿El delito? Tener la mala costumbre de pensar y la rebeldía de estudiar. Pero como la mayoría de salvadoreños, los prisioneros universitarios no siempre quedaban en libertad… algunos desaparecían para siempre.

Los estudiantes, valerosos y con genuina determinación, se alzaron en múltiples ocasiones a las calles por un objetivo: la autonomía universitaria; es decir, la no intromisión, la no injerencia y el respeto al desarrollo científico y humanista del estado hacia la universidad. Ocurrió que un 30 de julio del año 1975 los estudiantes marcharon, exigiendo soberanía y autodeterminación. Pero había algo más importante para el país, según lo decía el gobierno; se trataba de la magna celebración de Miss Universo, y claro, el país no podía quedar mal ante el mundo. Por ello, Molina ordenó a sus subordinados la pronta disipación de los insolentes a toda costa y sin piedad. Eso se pudo deducir por la forma sanguinaria y sádica con la que exterminaron a los valerosos estudiantes. No existe una cifra exacta de la cantidad de asesinados, pero algunos testigos y sobrevivientes afirman que fueron casi treinta, otros, más de cincuenta. Como sea, nadie tiene derecho de pasar una tanqueta por encima de un ser humano que, basado en injusticias vividas y con argumentos lo suficientemente humanistas, reclama libertad y paz para estudiar. Dicen que el servicio militar es igual a la muerte cerebral, pues cada hombrecito se entrena para el exterminio violento de su semejante sin saber por qué. Los cuerpos fueron desechos a base de tracción de tanqueta, lo que formó una masa compuesta por carne, huesos, vísceras, ropa, y, seguramente libros y cuadernos. La maquinaria de los bomberos acudió a la escena del crimen, y con sus potentes mangueras regaron toda evidencia que incriminara al ejército, o bien, al gobierno. Cuando ya no quedó tiempo, los cuerpos y los restos faltantes fueron enviados en camiones con destino desconocido, algunas versiones aseguran que fueron enviados a altamar, otros, que fueron incinerados, y otros que fueron dados a los perros para que compartieran el banquete con los zopes.

La definición de héroe no es un asunto de película, es un asunto de vida y muerte. Los estudiantes que lucharon y/o murieron para que otros vivieran mejor, no pueden ser algo menos que héroes.

Actualmente todo estudiante de la Universidad El Salvador, consciente o inconscientemente, goza el resultado de la pasión de todos los que en un tiempo lucharon por la autonomía universitaria. Ahora ninguna institución armada irrumpe el recinto de estudios. Nadie restringe lo que se desea aprender. Se puede debatir abiertamente cualquier asunto desde cualquier punto de vista, y además, hay libertad de asociación para aquellos que comulgan sus ideas. Si se tiene necesidad y se demuestra empeño, la universidad paga sus estudios, o bien, le paga por estudiar.

A pesar de todo lo anterior, la Universidad pareciera ser otra, muy distinta a aquella heroica del exilio, a la Universidad mártir, la Universidad de una juventud permeable al debate sobre los problemas nacionales. Cada vez tiende a neutralizarse más, tiende a quedarse atrás como sujeto de cambios y corre el riesgo de perpetuar su esterilidad sociopolítica. Se encuentra en una situación de transformación civil, donde el bipartidismo tiende a condenar el caos apocalíptico del país.

Farabundo Martí se llamó el principal co-fundador de la AGEUS, el mismo personaje que inspiró al partido político del gobierno de turno. El ejecutivo puede ser sumamente cuestionado por cualquiera menos por la Universidad, quizás se trate de una muestra de respeto, o talvez sea la forma de ratificar su antipatía sociopolítica, característica ineludible de las entidades parcializadas y con tendencia a favorecer a grupos específicos en nombre de los más necesitados.

A la comunidad universitaria no le corresponde el papel persuasivo de la negación entre semejantes, sino que le corresponde actuar a través de sus dirigentes que haga consensos para rescatarla, de lo contrario, Los Demonios seguirán teniendo nombres y apellidos, siglas de asociaciones estudiantiles, de sindicatos, y hasta de órganos de gobierno.

Para contrarrestar la calamidad, ojalá siempre se tenga presente la frase de Emmanuel Lévinas:

«Lo humano del hombre es desvivirse por el otro hombre.»

Y el sello:

«Cada uno de nosotros es culpable ante todos, por todos y por todo.»

Fiódor Dostoievsky

REFERENCIAS

Dostoyevski, F. 1872. Los demonios. Alianza. 912 p.

Galeano, E. 1989. El libro de los abrazos. Siglo XXI. 265 p.

Galeano, E. 2008. Espejos: una historia casi universal. Siglo XXI. 365 p.

Masferrer, A. Ensayos. Biblioteca básica de literatura salvadoreña. 123 p.

Quezada, R. Martínez, H. 1995. 25 años de estudio y lucha: una cronología del movimiento estudiantil. 126 p.

Galeano, E. 1998. Patas arriba: la escuela del mundo al revés. Siglo XXI. 454 p.

Sabato, E. 2000. La resistencia. Seix Barral. 125 p.

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Elaborado por: Pedro Hernández Cruz, Estudiante de Ingeniería Agro-Industrial y Ex Secretario General y Miembro de ASECAS.

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